La primera vez que leí 2666 tenía diecisiete años y recién había entrado a la universidad. Recuerdo que me costó 500 pesos y fue mi primer libro de Roberto Bolaño. El mundo era más simple en ese entonces, las discusiones de requisitos de lecturas previas para abordar la novela eran prácticamente nulas. Entonces sólo lo conseguí y lo leí.
Me llamó la atención el título, el argumento, la longitud titánica y, principalmente, el hecho de que Roberto Bolaño escribió ese libro luchando contra la muerte misma. Cumplía todos los requisitos para seducirme.
Aparte, crecí en el norte de México, a un par de horas de la frontera de Estados Unidos, lejos geográficamente de Ciudad Juárez pero cercano culturalmente. También crecí con la muerte como algo común. Desde que tengo memoria mi padre ponía el noticiero y siempre había ejecuciones, colgados, narco mantas, feminicidios, asaltos, corrupción, injusticias. Muerte, muerte y más muerte. Crecí con veranos insoportables semi áridos y con la certeza de que vivía en un lugar cercano al infierno, en el cual la vida valía poco.
Y entonces leí la novela, con las fallas inevitables de mi juventud, con mi falta de experiencia. Me sentí atraído al instante: la primera parte me encantó, la segunda me confundió, la tercera despertó cuestionamientos que hasta la fecha permanecieron conmigo, en la cuarta parte ví reflejado el México injusto y desolador con el que crecí, las injusticias eternas, el entumecimiento ante la violencia, la costumbre ante el horror; la quinta parte, por otro lado, me pareció fascinante y la leí prácticamente de golpe en la madrugada previa a la navidad de ese año.
Así empezó mi aventura con Bolaño. Leí los Detectives Salvajes, Estrella Distante, todos sus cuentos, todas las novelas menores y mayores, sus poemas, entrevistas, vídeos en Youtube. Todo, absolutamente todo. Me mudé a Sudamérica y conocí otras violencias, otros dolores, parecidos a los míos. Discutí Bolaño con mis amigos chilenos y se convirtió en un punto de unión inquebrantable.
Fuí un desconocido, un errante. Estaba sólo en otro mundo y siempre pensaba "entonces así se sintió Bolaño".
Regresé a México y seguí leyéndolo. Ahora con más pasión e interés. Lecturas y relecturas. Cada día entendía mejor sus obsesiones, su vida errante, el inevitable exilio, la pena, la desolación, la derrota. Conocí exiliados, veteranos, gente que no puede regresar a su hogar y pensé en Bolaño. Siempre, sin excepción, pensaba en Bolaño.
Recorrí la capital del país y de nuevo pensé en él. En su juventud, en sus primeros pasos. Lo leí de nuevo.
Y durante todos estos años, allí en mi escritorio, ese bloque gigante de más de mil páginas, el cual postergaba siempre porque sabía el compromiso que representa leerlo. Lo postergué hasta hace un mes.
Ahora lo leí con paciencia, haciendo apuntes, revisando cada detalle, cada referencia cruzada. Leer 2666 conociendo mejor su obra y su vida revela matices nuevos, obsesiones, juegos, secretos, pistas. Pensaba ¿Cómo escribiste esto muriendo? ¿Cuál era tu fuerza? Y admiraba la prosa, las idas y las vueltas de los personajes errantes, sus obsesiones, sus fracasos y sus pocos aciertos, la inevitable soledad que los rodea siempre.
La parte de los críticos me sedujo como lector.
La parte de Amalfitano resonó en mi como migrante.
La parte de Fate me hizo pensar en lo fácil que es perderse en el agujero que es el norte de México, pensé en mi juventud, en todas las veces que también yo estuve cerca del peligro.
La parte de los asesinatos me desmoronó, me enfermó, me dolió demasiado, ¿cómo entendía tan bien Bolaño nuestra realidad si jamás vivió en el norte de México? Cada caso, cada descripción, cada callejón sin salida, cada llanto perdido en el abismo de la burocracia mexicana que es digna de los laberintos kafkianos que tanto le gustaban a Bolaño. En ocasiones (sin ofender a los lectores no mexicanos o latinoamericanos) me preguntaba: ¿Cómo van a entender las personas que no son de aquí lo que se describe? ¿Cómo lo entendió Bolaño? En lo que tardé en leer el libro de nueva cuenta hubo centenares de homicidios y desapariciones en todo el país. El infierno no termina. El desierto es aburrido, aburrido, aburrido.
La parte de Archimboldi rastreó la genealogía de los horrores que vivimos en el siglo XX. La segunda guerra, el exterminio, la banalidad del mal. Archimboldi transita como testigo. Su silencio es su condena, su soledad, de nuevo un errante, de nuevo la escritura como un medio único para no morir.
Leí de nuevo 2666 y creo que ahora tengo menos que decir. Creo que ahora entiendo que entiendo menos. Las profundidades del abismo que tanto usa Bolaño como analogía me son desconocidas.
Pocos valientes se sumergen en él. Entre ellos, inevitablemente, está Roberto Bolaño.